martes, 4 de noviembre de 2014
lunes, 3 de noviembre de 2014
Para los que quisimos más y más y más...
Y más de una vez perdimos la vida con una sonrisa en la boca.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Un año más, Halloween.
Un año más, Halloween. La noche de los muertos vivientes, de los fantasmas, del terror... Una excusa más para vestirse de mamarracho y salir a beber, aunque coincida en martes, sin que te miren mal. Y yo, para qué mentir, soy uno más. Cada año, desde hace unos cuantos, sigo la misma rutina, y hoy no será distinto. Por la mañana toca comprar caramelos para los pequeños a los que no les dé pereza subir las cinco plantas sin ascensor hasta llegar a mi puerta. Tanto esfuerzo merece una buena recompensa: caramelos de todos los sabores de dos por cinco céntimos, que tampoco está la cosa para ir regalando ferreros rocher. Al llegar a casa, improviso algún disfraz medio cutre y después, adorno el portón con las arañitas de plástico de mi hermano pequeño y decoro las esquinas con telarañas hechas de pegamento a lo Art Attack, rodeando las terroríficas letras que forman un mensaje tentador: "Llama si te atreves". En la entrada siempre cuelgo a mi querido esqueleto, regalo de las vacaciones de 2007, cuando decidí que quería estudiar medicina —decisión de la que me arrepentí meses después, todo hay que decirlo—. Son mis padres los que se dedican después a vestir a mi amigo Rodolfo —el esqueleto—. Su atuendo no suele ir más allá de una boina de los años de juventud de mi padre, el típico fular de colores terrosos y líneas que forman perpendiculares y una pipa, propiedad de mi ya difunto abuelo, quien disfrutaba más que nadie de estas fiestas. Siempre he pensado que la única forma de hacer del terror un gozo es darle un toque de humor. No sé qué hay de divertido en sufrir pequeños infartos viendo películas de chinos de ojos blancos, espejos, maderas crujientes y muchachas escuálidas y paliduchas sin rostro. Las pocas películas de terror que he catado siempre ha sido en compañía de unos cuantos amigos y algún que otro cubata. Por eso me gusta adornar la casa y formar parte de este juego terroríficamente desternillante. Me gusta hacer que los críos se rían del miedo, de los fantasmas, vampiros, zombies y demás criaturas del género. Me gusta hacer que los críos salgan corriendo, gritando y riendo, bajando las cinco plantas que tanto esfuerzo les ha costado subir. Los más valientes se asoman después al otro lado de la esquina de las escaleras, dejándome ver una media sonrisa y una mirada pícara. Es entonces cuando salgo corriendo tras ellos con Rodolfo a cuestas. Sus gritos hacen aullar a los perros del edificio y yo me parto de la risa. A eso de las once ya no hay niños inocentes recorriendo las calles. Los que llaman a esas horas tienen edad suficiente para mirar con desdén a mi amigo esquelético y la maldad necesaria para tirarte un huevo en la puerta si, tras la exigencia de unos dulces, se llevan la terrible decepción de saber que ya se han acabado. Por eso, llegando esa hora, mis padres apagan las luces y se encierran en el salón con la tele puesta a bajo volumen y yo cojo el camino hacia la zona de botellón. Las expectativas son las mismas que cada sábado: unas risas con los colegas y el colocón justo y necesario para permitirme el lujo de hacer el tonto y decir algunas verdades sin que la culpa sea mía, sino del alcohol. Lo único que cambia esta noche es la esperanza de que alguna vampiresa con poca tela se contonee un poco delante de mí. Hay disfraces de todo tipo: zombies, brujas, fantasmas de sábana con agujeros y cadenas de plástico, hipsters vampíricos, el virus del ébola y hasta incluso algún que otro político. Los que tienen máscaras buscan a la desesperada una cañita con la que tomarse el cubata; los que llevan motosierras de juguete no saben con qué mano agarrar el vaso y los de caras blancas y/o ensangrentadas van dejando su firma por todas las personas a las que saluda con los típicos dos besos. Yo me entretengo observando a todos estos individuos, hijos de dios, y estudiando la evolución, cada vez más desgastada, de la noche. Cuando son las cinco de la mañana, el parque se mueve por oleadas, con sus caminantes dando tumbos de uno a otro lado, y sus rostros muestran una amalgama de colores, mezcla de tanto baile y tanto sobeteo. Los que se llevaron horas frente al espejo antes de salir por la puerta de sus casas no son ahora más que un borrón propio de Munch, que, mirándolo bien, asusta más que antes. La masa se va dispersando. La gente empieza a echar de menos la cama. Algunos tienen la suerte de no volverse solos —aunque quizá la mitad de ellos descubran lo que es el verdadero terror al descubrir a la mañana siguiente quién aguarda al otro lado de la cama—. Yo no me he comido una rosca, como viene siendo ya una costumbre, y el efecto del alcohol ha pasado de darme risa a darme morriña. Es hora de volver. Aunque hago el intento de despedirme, algunos de mis amigos no saben ya ni dónde están, así que me doy por vencido y pongo rumbo a casa. Por el camino me cruzo con gente ya acabada. Cualquiera diría que el apocalipsis zombie ha llegado: fantasmas zombies, vampiros zombies, zombies zombies... Todos caminan por la calle arrastrando los pies y perdiendo prendas, tridentes y cadenas, aparcando en cualquier esquina a evacuar o aprovechando cualquier recoveco para darse un homenaje. Sí, definitivamente son zombies sin instinto; zombies caducos que volverán a la vida racional después de unas horas de reposo. Cada vez va habiendo menos gente, pero ya estoy a tan solo diez minutos de mi casa. Este podría ser el comienzo de una película de miedo, pienso y sonrío. Es lo típico que se te cruza por la cabeza tal día como hoy, como cuando vuelves del cine de ver cualquier película de miedo, entras en el baño y no puedes dejar de mirar tu retaguardia a través del espejo, pero siempre con una sonrisa de "qué gracia, me podría atacar una mujer maligna y fantasmagórica de repente, qué gracia, sí, pero yo me voy de aquí cagando leches". Es una tensión que pretende ser despreocupada pero no lo consigue. Se escuchan unas risas a lo lejos: una pareja se está dando el lote dentro de un coche. A estos les queda aún fiesta para rato. Ya casi he llegado a mi casa. Justo al doblar la esquina me tropiezo con un chico con el típico delantal de carnicero cubierto de manchas rojas.
—¡Joder, chaval! ¡Qué susto! —le digo, y noto que él también ha tenido que sufrir ese microinfarto de película de miedo, porque sus ojos están abiertos de par en par mostrando un rostro tan inexpresivo como inquietante—. Buen disfraz.
Se ha quedado paralizado y, sin cambiar el gesto, contesta:
—¿Qué disfraz?
lunes, 20 de octubre de 2014
Sobre Juan Rulfo y su estudio en ESO
Quisiera hablar de la obra de Juan Rulfo; en particular, su libro de relatos El llano en llamas, pues, aunque no es
su ópera magna, su formato, el relato, se hace más manejable a la hora de
tratar sus textos en clase. Como toda obra hispanoamericana contemporánea,
enmarcaríamos sus textos en el cuarto curso de secundaria.
Esta
obra, una de las más importantes del autor —si bien estas no son muchas—, habla
del hombre mejicano de la Revolución, y hace una crítica social a lo largo de
los diecisiete relatos de los que consta, mostrando la realidad del hombre de a
pie y su entorno. Sus relatos parecen sacados de un patio de vecinos, de la
anécdota, pues algunas de sus historias se presentan con una naturalidad que
solo la cotidianidad del hecho puede dar, a pesar de la dureza de las mismas.
Juan
Rulfo, nacido en Méjico un 16 de mayo de 1917, fue escritor, guionista y
fotógrafo. Pasó su infancia en un pueblo pequeño, una villa rural llena de
supersticiones y durezas, y quedó huérfano de padre a la temprana edad de siete
años. A los doce años, habiendo fallecido también su madre, fue a vivir con su
abuela a Guadalajara, donde inició sus estudios. Al fallecer la abuela, quedó
en un orfanato de Guadalajara varios años, durante los cuales presenció los
violentos episodios de la rebelión cristera[1].
Intentó, en 1933, ingresar en la Universidad de Guadalajara, pero pronto
desistió por encontrarse esta en huelga. Con este motivo, a sus diecisiete años
marchó a Méjico. Allí, en 1938, empieza a colaborar en la revista América y, unos años más tarde, en 1942,
aparecieron publicados dos de sus cuentos[2] en
la revista Pan, que luego formarían
parte de El llano en llamas, que se
publicaría en 1953. Dos años después, publica su más ilustre obra: Pedro Páramo. Con tan solo esas dos
obras pasó a ser considerado uno de los grandes autores de la literatura
universal, llevándole a conseguir el Premio Nacional de Literatura en Méjico
(1970) y el premio Príncipe de Asturias en España (1983). Escribió también
guiones y algún que otro cuento, así como la novela, también de gran
reconocimiento, El gallo de oro
(1963) pero, según él mismo reconoció más tarde, escribir Pedro Páramo le produjo tanto dolor que necesitó alejarse de
aquella agonía que era para él la escritura, dejándonos así, a su muerte (1986),
un breve, aunque magnífico, legado literario.
Siendo
contemporáneo a Gabriel García Márquez[3],
buen amigo suyo, y a Jorge Luis Borges[4],
quien alabó su obra diciendo que Pedro
Páramo es una de las mejores novelas, si no la mejor, de la literatura
hispanoamericana y una imprescindible de la literatura universal, Juan Rulfo ha
pasado desapercibido a los ojos de los estudiantes españoles, que no a los del
resto del mundo[5].
Su obra nos muestra realidades desoladoras que bien se pueden dar tanto hoy día
como hace cincuenta años; realidades de las que un adolescente de 15 o 16 años
(edad con la que se cursa 4º de ESO) debería ser consciente. La aceptación del
mundo que nos condiciona, la capacidad y el deseo de superación ante la
adversidad de una realidad que nos viene dada y la desesperanza ante un destino
inexorable son algunos de los temas que encontrarán a lo largo de los
diecisiete relatos.
Para mostrar estos rasgos, he seleccionado unos fragmentos
del relato “Es que somos muy pobres” en primer lugar, y de “Talpa” en segundo
lugar.
Es que somos muy
pobres
Aquí
todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado,
cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a
llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de
cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en
grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un
manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos
arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo
quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y
apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que
la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el
río.
El
río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy
dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo
despertar enseguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como
si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después
me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue
haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando
me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido
lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía
más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua
revuelta.
(…) No
acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar
el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a
diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro
es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí
muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si
no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados,
bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y
aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar
al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se
asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y
acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez
bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
(…) La
apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora
que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos
había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para
dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se
fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según
mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y
ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que
crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas
malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos cuando las
llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato
por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el
corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre
trepado encima.
Entonces
mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más
tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se
fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.
Por
eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere que vaya
a resultar como sus otras dos hermanas al sentir que se quedó muy pobre viendo
la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras
le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno que la pueda querer para
siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no
hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por
llevarse también aquella vaca tan bonita.
La
única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se
le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana
Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.
Mi
mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese
modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente
mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le
cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde
les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le
da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado
de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y
cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos".
(…) Y
Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río.
Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca
y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el
río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando
de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un
ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar
y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a
podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de
ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a
hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Este relato nos habla
de una familia humilde que ha sufrido, tras la muerte de la tía Jacinta, la
pérdida de sus víveres a causa de un diluvio que ha provocado una riada,
echando a perder sus cosechas y arrasando con todo lo que estuviera a su paso,
incluida la Serpentina, la vaca que justo le había regalado el cabeza de
familia a Tacha, la hija menor.
La narración se nos da en primera persona. No se dice la
edad del narrador, ni siquiera si es menor o mayor a Tacha, de la que sí
sabemos la edad (doce años), pero, a juzgar por el vocabulario y el tono de la
narración, no debe de ser más que un niño o estar en su adolescencia más
temprana. Este hecho, la corta edad tanto del narrador como de Tacha, da
crudeza a la historia, pues ambos son realmente conscientes de su suerte, su
pérdida y su desafortunado destino.
Como
dice nada más comenzar: “Aquí todo va de mal en peor”. Aunque el texto hace
mención a la fe, es la Naturaleza y no Dios quien marca la fortuna y el destino
de los hombres. Ella te lo da y ella te lo quita. Y aunque la madre quiso
llevar a sus hijas por el buen camino, aunque “todos fueron criados bajo el
temor de Dios”, su propia naturaleza, su instinto de supervivencia, las llevó a
desviarse del camino que dicta el señor y buscar de dónde comer. Sabiéndolas
perdidas, la madre no puede sino agarrarse a su fe y rezar por ellas: “Que Dios
las ampare a las dos”. La madre toma la condición de sus hijas como un castigo
divino, y el padre sabe que fue por necesidad, porque son muy pobres, pero
sigue siendo un pecado intachable, pues si la Naturaleza está por encima de
Dios, la moral y la honra están por encima de todo. Por eso intenta, con mucho
trabajo, marcar el cambio en la vida de su hija menor. Tacha, a sus doce años,
tiene conocimiento de esto, y todas sus esperanzas estaban puestas en la
Serpentina, pues en su tierra tanto tienes, tanto vales, y solo con una buena
dote podría conseguir un hombre de provecho que la quisiera. Querer, de querer poseer y no de amar.
Y
el río se hace dolor. “Por
su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro
de ella”. Ese río es la toma de conciencia. Todos lo están observando: el agua
sigue su curso y se lleva con ella el futuro y la inocencia de Tacha. La vaca,
además de una dote que entregar junto con la mano de Tacha, serviría de
abastecimiento a la familia, además de una provisión para tiempos de necesidad.
“El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha”. Hay
cierto regodeo en ese dolor. Esas gotitas que salpican el rostro de la pobre
niña son como un eco de la verdad que abofeteó su cara horas antes. Se dan en
el relato algunos símiles entre el río y Tacha, como el ruido o el hedor, que
dan a entender que Tacha será tan devastadora como lo ha sido el río.
Por otra parte, queda el quizá, el
becerro, que, muerto o vivo, está desaparecido. Encontrarlo o no parece cosa
del azar, del destino. Y por improbable que fuera, ya es algo a lo que agarrarse,
para no darlo todo por perdido y continuar esperanzados por muy negro que se
pinte el devenir. Este factor contrasta altamente con el tono fatalista del
texto, el que asegura el deshonroso e inmutable destino de la pequeña. Este
futuro escrito es una rendición de la familia frente a esa chispa de luz que da
el posible hallazgo del becerro. Cede, de esta forma, la propia vida a la
Naturaleza, dando a entender que el destino es algo contra lo que no se puede
luchar, al igual que no se puede impedir que llueva. De ahí el final del relato
como antecedente a lo que, de forma irrefrenable, está por venir: “El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara
mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin
parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su
perdición”.
En conclusión, este relato puede llevar a la
sensibilización y conciencia del alumnado, pues hoy día sigue habiendo un gran
número de familias que subsisten del autoabastecimiento y que están
condicionadas por factores naturales. Aun en el mundo desarrollado, año tras
año, miles de familias pierden sus casas y todos sus haberes por inundaciones,
terremotos, incendios forestales y otras catástrofes.
Podrán reflexionar, también, acerca de la
inexorabilidad o no del destino, y de las restricciones que causan el entorno:
dinero, cultura, religión, sociedad, salud, condiciones naturales, política y
un largo etcétera. Esto, quizá, les dará un tanto de ambición y autonomía: esa
rebeldía de no dejarse llevar por las masas y pensar por y para uno mismo.
También se deberá tener en cuenta el tema de la
pérdida de la inocencia: ¿cuándo deja uno de ser un niño? ¿En qué momento los
padres ceden a sus hijos la opción a decidir por sus propias vidas?
Y no debemos dejar a un lado su riqueza literaria.
Además del contenido, los alumnos pueden analizar el léxico, los símiles, la
simbología, la coherencia del texto, el hilo temporal o el tono de la
narración, entre otras características.
Uno de sus temas principales, el destino, ha sido muy
recurrente a lo largo de la historia de la literatura. Uno de los autores que
tienen este rasgo siempre presente en sus obras es el magnífico escritor
colombiano, ya nombrado anteriormente, contemporáneo y amigo de Juan Rulfo,
Gabriel García Márquez.

Así aparece el destino en esta novela hasta un total
de treinta y dos veces, y así García Márquez plasma esa misma idea en su novela
corta Crónica de una muerte anunciada,
cuyo título ya revela al lector el fin de la misma, así como se repite una
ingente cantidad de veces dicho final y, aun siendo de esta manera, el lector
mantiene la absurda esperanza de que nuestro querido Santiago Nasar, desdichado
protagonista de la historia, escape de ese fin que ya le estaba previsto; y es
que era tan improbable que sucediera y fueron tantas casualidades las que
tuvieron que darse que, aun estando avisados de antemano desde el segundo uno
de la tragedia, a uno le coge por sorpresa.
Asimismo, Borges habla del destino y se refiere a él
como “lo inevitable” y Lorca también encarcela a sus personajes en un destino
fatal del que solo pueden escapar con la muerte, símbolo de libertad; en
cambio, en el El Cantar de Mio Cid, se entiende por destino el deber de uno y
así su protagonista lucha por llegar al fin que él mismo entiende para sí, y
Shakespeare, sin embargo, pensaba que el destino no está escrito, sino que lo
va tejiendo uno a cada paso que da, resultado de cada decisión.
Se puede decir, según nos dicta la mayoría de las
obras literarias y la creencia de un gran porcentaje de los mortales, que la
suerte está echada, que cada uno juega con las cartas que la vida le da al
nacer y que no hay as alguno que sacarse de la manga.
Talpa
Natalia se metió entre los brazos
de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto
aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y
vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.
Sin embargo, antes, entre los
trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un
pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los
dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura
desenterrando los terrones con nuestras manos -dándonos prisa para esconder
pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el
olor de su aire lleno de muerte-, entonces no lloró.
(…) Porque la cosa es que a Tanilo
Santos entre Natalia y yo lo matamos. Lo llevamos a Talpa para que se muriera.
Y se murió. Sabíamos que no aguantaría tanto camino; pero, así y todo, lo
llevamos empujándolo entre los dos, pensando acabar con él para siempre. Eso
hicimos.
La idea de ir a Talpa salió de mi
hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que
estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que
amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas.
Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía
nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua
espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de
no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que
Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y
que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las
noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para
aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar
las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya
allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler
más. Eso pensaba él.
Y de eso nos agarramos Natalia y
yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano.
Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer. Tenía que
ayudarlo llevándolo del brazo, sopesándolo a la ida y tal vez a la vuelta sobre
sus hombros, mientras él arrastrara su esperanza.
Yo ya sabía desde antes lo que
había dentro de Natalia. Conocía algo de ella. Sabía, por ejemplo, que sus
piernas redondas, duras y calientes como piedras al sol del mediodía, estaban
solas desde hacía tiempo. Ya conocía yo eso. Habíamos estado juntos muchas
veces; pero siempre la sombra de Tanilo nos separaba: sentíamos que sus manos
ampolladas se metían entre nosotros y se llevaban a Natalia para que lo
siguiera cuidando. Y así sería siempre mientras él estuviera vivo.
Yo sé ahora que Natalia está
arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; pero eso no nos salvará del
remordimiento ni nos dará ninguna paz ya nunca. No podrá tranquilizarnos saber
que Tanilo se hubiera muerto de todos modos porque ya le tocaba, y que de nada
había servido ir a Talpa, tan allá, tan lejos; pues casi es seguro de que se
hubiera muerto igual allá que aquí, o quizás tantito después aquí que allá,
porque todo lo que se mortificó por el camino, y la sangre que perdió de más, y
el coraje y todo, todas esas cosas juntas fueron las que lo mataron más pronto.
Lo malo está en que Natalia y yo lo llevamos a empujones, cuando él ya no
quería seguir, cuando sintió que era inútil seguir y nos pidió que lo
regresáramos. A estirones lo levantábamos del suelo para que siguiera
caminando, diciéndole que ya no podíamos volver atrás.
“Está ya más cerca Talpa que
Zenzontla.” Eso le decíamos. Pero entonces Talpa estaba todavía lejos; más allá
de muchos días.
Lo que queríamos era que se
muriera. No está por demás decir que eso era lo que queríamos desde antes de
salir de Zenzontla y en cada una de las noches que pasamos en el camino de
Talpa. Es algo que no podemos entender ahora; pero entonces era lo que queríamos
me acuerdo muy bien.
(…) Pero ahora que está muerto la
cosa se ve de otro modo. Ahora Natalia llora por él, tal vez para que él vea,
desde donde está, todo el gran remordimiento que lleva encima de su alma.
(…) Algún día llegará la noche.
En eso pensábamos. Llegará la noche y nos pondremos a descansar. Ahora se trata
de cruzar el día, de atravesarlo como sea para correr del calor y del sol.
Después nos detendremos. Después. Lo que tenemos que hacer por lo pronto es
esfuerzo tras esfuerzo para ir de prisa detrás de tantos como nosotros y
delante de otros muchos. De eso se trata. Ya descansaremos bien a bien cuando
estemos muertos.
En eso pensábamos Natalia y yo y
quizá también Tanilo, cuando íbamos por el camino real de Talpa, entre la
procesión; queriendo llegar los primeros hasta la Virgen, antes que se le
acabaran los milagros.
Pero Tanilo comenzó a ponerse más
malo. Llegó un rato en que ya no quería seguir.
(…) Pero Natalia y yo no
quisimos. Había algo dentro de nosotros que no nos dejaba sentir ninguna
lástima por ningún Tanilo.
(…) Entramos a Talpa cantando el
Alabado. Habíamos salido a mediados de febrero y llegamos a Talpa en los
últimos días de marzo, cuando ya mucha gente venía de regreso. Todo se debió a
que Tanilo se puso a hacer penitencia. En cuanto se vio rodeado de hombres que
llevaban pencas de nopal colgadas como escapulario, él también pensó en llevar
las suyas. Dio en amarrarse los pies uno con otro con las mangas de su camisa
para que sus pasos se hicieran más desesperados. Después quiso llevar una
corona de espinas. Tantito después se vendó los ojos, y más tarde, en los
últimos trechos del camino, se hincó en la tierra, y así, andando sobre los
huesos de sus rodillas y con las manos cruzadas hacia atrás, llegó a Talpa
aquella cosa que era mi hermano Tanilo Santos; aquella cosa tan llena de
cataplasmas y de hilos oscuros de sangre que dejaba en el aire, al pasar, un
olor agrio como de animal muerto.
(…) A horcajadas, como si
estuviera tullido, entramos con él en la iglesia. Natalia lo arrodilló junto a
ella, enfrentito de aquella figurita dorada que era la Virgen de Talpa. Y
Tanilo comenzó a rezar y dejó que se le cayera una lágrima grande, salida de
muy adentro, apagándole la vela que Natalia le había puesto entre sus manos.
Pero no se dio cuenta de esto; la luminaria de tantas velas prendidas que allí
había le cortó esa cosa con la que uno se sabe dar cuenta de lo que pasa junto
a uno. Siguió rezando con su vela apagada. Rezando a gritos para oír que
rezaba.
Pero no le valió. Se murió de
todos modos.
(…)Afuera se oía el ruido de las
danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue
cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero
enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como
si fuera un estorbo. Me dio tristeza.
Pero nosotros lo llevamos allí
para que se muriera, eso es lo que no se me olvida.
(…) Y yo comienzo a sentir como
si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para
descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos
que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de
Tanilo. (…)
Se aprecian a la
primera lectura varias coincidencias con “Es que somos muy pobres”, el relato
comentado anteriormente. Si bien por el estilo y el léxico vemos que no es un
niño quien narra los hechos, sigue siendo un relato en primera persona, como
quien cuenta de primera mano su desgracia a otro.
La
muerte está presente desde el primer momento. Si el otro relato empezaba “Aquí
todo va de mal en peor”, este también nos pone en situación trágica con su
primera frase: “Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente
allí con un llanto quedito”. De hecho, aquí la palpan con sus propias manos:
ambos ven a Tanilo morir de tramo en tramo, y ambos cavan su tumba.
El destino, en este caso, se muestra igual de inflexible:
Tanilo Santos moriría de igual modo fuera o no fuera a la Virgen de Talpa. De
hecho, tras mes y medio de camino, y aunque ya lo daban por perdido, llegan a
Talpa y muere frente a ella. La religión, también presente en el otro relato,
les da la fuerza, pero no la salvación, pues nada puede hacerse contra el
destino de uno. De igual modo está marcada la separación entre Natalia y el
narrador: en vida de Tanilo, este los separaba; a su muerte, fue el
remordimiento.
La moral también tiene gran importancia: si en el otro relato
era la profesión impura de las hermanas de Tacha lo que ensuciaba el nombre de
la familia y las lleva al repudio y a la expulsión de la misma, en el caso de
Talpa es la infidelidad que se lleva a cabo entre Natalia y el narrador,
hermano de Tanilo, lo que los lleva a su perdición. Así lo dice el narrador en
el último párrafo de nuestra cita. No les queda sino caminar errantes hasta que
se los lleve la vida y así purificar sus almas y obtener el perdón divino; en
la vida terrenal están muy cerca del remordimiento y no pueden huir de él por
mucho que se encaminen hacia ninguna parte. Aunque ningún remordimiento hace
renegar del deseo, al menos en él, y de la verdad que guardan tras su viaje:
“Pero nosotros lo llevamos allí para que se muriera, eso es lo que no se me
olvida”.
Los símbolos también se repiten: el agua, en el otro
relato más evidente por el diluvio y la consiguiente riada; aquí, el “agua
espesa” que supura de sus pústulas, elemento que quita la vida, así como el
hedor, símbolo de muerte, pobreza y fatalidad.
[1] Rebelión cristera: Lucha armada,
principalmente rural, entre el Gobierno y la Iglesia de la ciudad de Méjico que
duró tres años (1926-1929) y provocó un número de víctimas superior a las
100.000 entre militares y civiles. La rebelión tuvo su origen en la Constitución
de 1917, donde se estableció una política de intolerancia religiosa,
restringiendo y acortando bienes y personal; la iglesia, en respuesta,
convenció a los feligreses de hacer boicot al gobierno dejando de pagar
impuestos, minimizando el consumo o dejando de utilizar el coche para no
comprar gasolina, entre otros. Esto afectó notablemente la economía nacional.
[2] “Macario” y “Nos han dado la
tierra”.
[3] 1927-2014. Novelista, cuentista
y guionista, editor y periodista colombiano, considerado uno de los grandes de
la literatura universal.
[4] 1899-1986. Escritor argentino;
uno de los autores más destacados de la literatura hispanoamericana del siglo
XX.
[5] Supe de este autor durante mi
ERASMUS en Nottingham, pues entraba dentro del temario de la asignatura Spanish and Spanish American Literature,
Painting and Film.
martes, 14 de octubre de 2014
Trilogía ‘Cincuenta Sombras’ y la novela erótica
Ya hace dos años de la
llegada de este best-seller a España.
Fue lanzado a la venta por vez primera como libro electrónico y como libro de
bolsillo de impresión bajo demanda en mayo de 2011 en Estados Unidos bajo el
sello de una pequeña editorial virtual: TheWriter’s Coffee Shop.
El segundo libro de la trilogía fue publicado en septiembre de 2011 y el
tercero, en enero de 2012. La editorial, al tratarse de una empresa pequeña y
con bajo presupuesto, confió la publicidad de la trilogía a blogs de libros, y
eso fue suficiente para conseguir que, más adelante, el boca a boca llevara
esta novela al conocimiento de todo hijo de vecino, además de una suma
multimillonaria a su autora, E. L. James, que hasta entonces no era más que una
madre de familia tan poco conocida como yo misma.
La
historia, curiosamente, nació de un fanfic “crepusculero”, algo que salta a la vista por las coincidencias entre ambas
novelas. De hecho, el nombre de sus protagonistas eran Edward Cullen y Isabella
Swan. Más adelante, suprimió la historia de la página donde la publicó, se creó
su propia web y publicó ahí su historia cambiando los nombres de sus
protagonistas: Christian Grey y Anastasia Steele.
El
argumento inicial es sencillo: chica universitaria, patosa e insegura —y
virgen—, convive con su mejor amiga, Katherine Kavanagh, quien, al contrario que ella, es la chica perfecta:
guapa, sociable, divertida, experimentada… una joyita. Por casualidades de la
vida, Katherine pide a Ana que vaya a entrevistar a Christian Grey, alto
ejecutivo, a quien tienen por el típico niño bien, adoptado por una familia
rica que le da todo capricho, prepotente y engreído, lo cual no dista mucho de
la realidad. Quiere la vida que, tras este primer encuentro, Christian y Ana
coincidan más de una vez. En una de estas veces, él, en un acto heroico y para
nada poco natural, salva a Ana de un accidente de tráfico. Desde el primer
contacto visual, ella se sentía irremediablemente atraída por él, como no podía
ser de otra forma. Él lo sabe, conoce “el efecto que produce en todas” y juega
con ella coqueteando cada vez que puede, pero en el fondo de su corazoncito
algo le empuja a decirle a Ana que se aleje, que él no es bueno para ella.
Repito: chica antisocial coincide con el señor más codiciado de todos, el
intocable, ambos se encaprichan, él salva la vida de ella y le pide que se
aleje porque guarda un secreto… Sí, hasta ahora está calcado a Crepúsculo,
cosa que la autora hizo a intención por tratarse, en origen, de un fanfiction y por reconocerse fan incondicional
de la saga.
Ana, al ver el interés que muestra por ella el
Sr. Grey, se pregunta una y otra vez por qué ella y no cualquier otra, como
Katherine, por ejemplo, quien acabará saliendo con el hermano de Christian,
para que todos acaben en familia al más puro estilo Harry Potter. La respuesta
nos la da el segundo ejemplar de la trilogía y tiene mucho que ver con las
sombras del Sr. Grey y, a su vez, con el encanto de esta historia: Christian
Grey es un enfermo mental. Está traumatizado porque su madre “era una puta
adicta al crack” y su proxeneta
abusaba de ella delante de él y los maltrataba a los dos. Su madre se suicidó
cuando él tenía tan solo cuatro años y él quedó en su casa con el cuerpo ya sin
vida de la madre hasta que, a los cuatro días del suceso, fueron descubiertos por
la policía. Poco después fue adoptado por la familia Grey. A los quince años,
entabló una relación puramente sexual con una amiga de su madre, quien,
evidentemente, como poco, le doblaba la edad. Con ella supo de la práctica del
sadomasoquismo, donde él fue el sumiso y ella el ama. Llegando a su madurez, y
todavía atormentado por la fatídica experiencia de la infancia, siguió con
estas prácticas, pero esta vez siendo él el amo y buscando siempre sumisas de
idénticas características físicas: pelo negro, piel blanca y cuerpo muy
delgado, justo como era la madre de Christian Grey. Es decir: busca chicas
idénticas a su madre para abusar de ellas física y sexualmente. Inquietante,
¿no?
Pero este pequeño e insignificante desajuste
mental no es suficiente para dejar de decir que Christian Grey es el hombre que
toda mujer querría. Esta afirmación, respaldada por la opinión de millones de
lectoras que sueñan con dar con un ser sobrehumano a la altura de nuestro
protagonista, ha dado mucho que hablar. Ciertamente, no hay best-seller sin polémica, y en el caso
de esta trilogía, polémica hay por todas partes. Pero, ¿qué es lo que hace de
Christian Grey el hombre perfecto? Esta es una de las muchísimas opiniones que se encuentran en foros, blogs y demás
rincones de internet:
- Su
romanticismo. Christian Grey es un auténtico caballero andante, un
príncipe azul de tomo y lomo.
- Hacernos
sentir especiales y únicas. Eso es lo que hace Grey con Anastasia, y es
lo que llega al corazón de todas las mujeres.
- Lo
daría todo por ti. Frase mágica que toda mujer quisiera escuchar de
los labios de su amado. Grey no sólo la dice, sino que la pone en práctica.
- La
aventura de algo peligroso. Seamos sinceras, la primera impresión que da
Grey es para salir corriendo. Rico, súper guapo, y quiere convertirte en su
esclava… para salir corriendo, ¿o no?
- Alcanzar
lo inalcanzable. Que un hombre único e increíble como Grey se fije
en una mujer del montón como Anastasia… y la sube a los altares de la
admiración. ¡Para derretirse!
- Mails
coquetones y subidos de tono. Los mails y mensajes que intercambian
Christian y Anastasia son de lo mejor. ¿A quién no le gustaría recibir mensajes
así?
- Regalos
continuos y caros. Para que negarlo…a todas nos gustan. No es
imprescindible que sean caros, importa la intención y el significado.
- Un amante increíble. Él es un maestro, capaz de llevar al orgasmo a una
virgen absoluta.
Christian Grey es un romántico,
el tipo de romántico que disfruta amordazando a su dama y disponiendo de ella a
su antojo. Hace sentir única a Ana,
hasta que esta se da cuenta de que es idéntica a las otras sumisas que tuvo
antes (claro, que de esta se enamora, si no, no tendríamos historia que
contar). “Lo daría todo por ti”, o lo
que es lo mismo, chantaje emocional. La
aventura de algo peligroso: así es, nos gustan los chicos malos (siempre y
cuando sean buenos). Alcanzar lo
inalcanzable, porque nadie es merecedor de semejante hombre, y menos una chica del montón. Mails coquetones y subiditos de tono,
donde la que ponía la gracia al asunto era ella, no él. Regalos continuos y caros, porque está claro: todas tenemos un
precio. Y, por último, Christian es un
amante increíble: no se puede negar que Ana lo pasara bien; Ana, la chica
inocente y virgen que accede a amarrarse y ser castigada por un látigo, sí, esa
Ana.
Como
se puede observar, esto no dice mucho a favor de la mujer. Aparte de la imagen
de mujer sumisa —en el sentido de agachar la cabeza y decir que sí a todo,
totalmente a parte de la práctica sadomasoquista, de la que nadie tiene queja
alguna—, estudios afirman que esta novela lleva al abuso y la violencia, aparte
de ser terriblemente machista. Según uno de
esos estudios, “este libro perpetúa los
estándares de abuso peligrosos y sin embargo se le presenta como una novela
romántica y erótica para las mujeres”, indicó Ana Bonomi, profesora de la
Universidad estatal de Ohio. “El contenido erótico podría haberse logrado sin
el tema del abuso”. Dice que el maltrato incluye el abuso emocional mediante la
intimidación y las amenazas, el aislamiento, la vigilancia y la humillación, y
gran parte de estas formas de abuso son características de la personalidad de Christian
Grey. Ana Bonomi agrega:
“Christian sigue a Anastasia, se
le aparece en lugares inusuales, utiliza la tecnología para rastrear su
paradero, la aísla, limita su vida y contactos sociales. Por su parte ella se
muestra sumisa, totalmente anulada,
experimenta todas las experiencias clásicas de las mujeres maltratadas”.
Y no es este el único estudio que se ha hecho con respecto al tema de la
violencia de género en la novela, además de trastornos alimenticios.
Este tipo de polémicas no
sería nada fuera de lo común si solo se tratara de argumentaciones, debates y
estudios acerca de una novela. Pero, a veces, la realidad supera la ficción, y
una vez en este plano de los hechos, la perspectiva es diferente: hace año y
medio falleció una joven “tratando de imitar las prácticas sexuales descritas
en el libro”.
Él sería juzgado por homicidio involuntario, pero, como recoge la noticia, la
mujer había escrito en su diario personal: “Una vez dijiste que no querías
verme sufrir realmente. Yo soy sumisa, pero no masoquista”, por lo que no fue la primera vez que hicieron
prácticas de este tipo, con las que la mujer no parecía muy satisfecha, ni,
casi con toda seguridad, serían las últimas si no fuera por el lamentable
desenlace del encuentro. (Cabe destacar que incluyeron en la mismísima noticia
de la muerte de la joven publicidad no solo de la trilogía, sino también de la
película: “Tal está siendo la popularidad que está alcanzando la trilogía que
inspiró los juegos sexuales que trágicamente acabaron con la vida de esta joven
que ya está en marcha la adaptación cinematográfica del primero de los libros, 50 Sombras de Grey, al que siguen 50 Sombras más oscuras y 50 Sombras liberadas. Qué actor encarnará al
dominante, atractivo y misteriosa protagonista es la gran incógnita de la película basada en la historia de amor, y
sobre todo sexo, de Christian Grey y Anastasia Steel, una tímida e inexperta
joven que cae rendida a los pies de un multimillonario adicto a las prácticas
eróticas sadomasoquistas…”. Es, a mi parecer, algo bastante vergonzoso y
demuestra poco tacto por parte del redactor).
Como pasa con todo, hay críticas buenas, críticas
malas, reproches a estas malas críticas de parte de los fans y gente que,
simplemente, se lo toma con humor, como es el caso del articulista Santiago
Roncagliolo, quien hace su crítica bañada en un tono satírico magnífico: “Las mujeres desean que seas un tipo
duro. (…) Y,
sin embargo, uno lo lee como un imbécil, con su delantal puesto, mientras
espera que levante el soufflé y llegue la hora de recoger al niño del colegio.
(…) Ya hemos dicho que Christian Grey es asquerosamente rico. Pero además
comienza sus relaciones de pareja firmando un contrato que especifica con
claridad qué cosas harán y qué cosas no. Las actividades estipuladas en el
contrato le producen gran dolor a su pareja y gran placer a él. ¿A alguien le
suena de algo? Sí. Se llama hipoteca.”
Pero, ¿dónde está el porqué del éxito?
Aunque es cierto que, en un principio, la
trilogía se hizo con un buen número de seguidores por el simple método del boca
a boca, fue, después, un buen equipo de marketing
el que hizo llegar un libro a cada casa. Aparecía en todas las estanterías, en
todos los escaparates, en todas las tiendas, bajo el eslogan “Sí, esta es la
novela de la que todo el mundo habla”. Y no le faltaba razón. Más adelante,
este eslogan pasó a ser una pegatina en cada portada donde ponía “El libro que
tu madre quiere de verdad”. Sigo sin saber cómo, siendo los protagonistas un
empresario de poco más de treinta años y una estudiante de unos veintidós, esta
novela se ha convertido en “porno para mamás”.
Afirman, además, que las mujeres que han leído esta novela no quedan solo con
el placer de su lectura, sino que además su vida personal sufre maravillosas
consecuencias: “the women
who have devoured the books say they are feeling the happy effects at home”. Asegura que el libro ha ayudado a reavivar
la pasión de muchos matrimonios, lo cual es algo que, muy probablemente, lleve,
otra vez, a la propagación de boca en boca, como recomendación o como simple
tema de conversación, incitando a un círculo cercano a probar con su lectura y
provocando un efecto de ondas que llega a alcanzar a todo ser humano. Además,
dice el artículo, las mujeres se avergüenzan de ver vídeos porno, pero no de
leer, aun libros de este calibre, por lo que resulta bastante liberador. Pero,
como hemos mencionado antes, “the
trilogy has its detractors. Commentators have shredded the books for their
explicit violence and antiquated treatment of women, made especially clear in
the character of Anastasia, an awkward naif who consents to being stalked,
slapped and whipped with a leather riding crop”.
Aunque esta trilogía no solo ha llegado a un
público, generalmente femenino, de edad adulta (cuarenta o cincuenta años), ha
hecho que las novelas de este género (porno para mamás) sea todo un boom.
En estos dos años son muchas las novelas que han abordado este tema, muchas de
ellas con portadas sospechosamente parecidas a las de esta trilogía.
Varias escritoras españolas también se
subieron al carro. Megan Maxwell escribió Pídeme lo que quieras cuando
su editorial le retó a escribir una novela puramente erótica, género que, hasta
entonces, no se había atrevido a abordar. Al parecer, la editorial tenía claro
dónde se encontraba el dinero y cuál era el plato fuerte de la temporada. La
autora, que al principio se mostró algo reticente, luego le cogió el gusto.
Evidentemente, había comparaciones entre ella y E. L. James, que, si bien no
inventó el género —pues tenemos, entre muchas otras, a una magnífica Corín
Tellado, “la inocente pornógrafa”—, fue la que despertó este fenómeno en el mundo entero. “Me encanta que me comparen con E. L. James, ojalá vendiera
tanto como ella”, dice Megan Maxwell, y no es para menos: la famosa trilogía ha
superado ya los cuarenta millones de ejemplares vendidos. Andrea Hoyos,
por su parte, también se ha adentrado en el mundillo y no se ha cortado el pelo
al explicar por qué: “Escribí ¿Dormimos juntos?
porque estaba enfadada. Cincuenta sombras
de Grey ha vendido 15 millones de copias y es un libro malo en todos
los sentidos. Especialmente en dos que a mí me indignan: no tiene ningún valor
literario, ni vital”. Y añade después: “Me parece un texto pobre, limitado,
ñoño, paternalista, bobalicón… Creo que el problema de ‘Cincuenta sombras’
es llamarlo literatura: es un cuento de hadas con penetración, ropa de marca,
técnicas sadomasoquistas y poca psicología”. Y es que —y en esto coinciden casi
todos— el estilo deja mucho que desear: simple, plano y, sobre todo,
repetitivo. A lo largo de sus páginas, se repiten, de la primera a la tercera
entrega, una serie de frases que saben a relleno y que, sin duda, acapararían
al ponerlas juntas un buen número tramo del libro: “mi diosa interior”, “sus
ojos grises”, “frunce el ceño”, “su mirada oscura”, “sus delgados dedos”… En El Huffington Post hicieron cuentas: “madre mía” aparece 142 veces; “ceño”, 155 veces; “labios”,
151 veces, y “la diosa que llevo dentro”, 60 veces. Esto, naturalmente, lleva
al lector al agotamiento. Por otra parte, sin embargo, hay otra cosa en la que
la mayoría coincide: es adictiva. Aunque yo no la tildaría de adictiva, sino de
fácil (de leer), en el sentido de que empiezas y cuando te das cuenta llevas
doscientas páginas a tus espaldas.
Entre
sus lectores, hay una clara distinción de sexos: mientras la mayoría de las
mujeres que leen esta novela (al menos todas aquellas que no han visto su
perfil machista y no se han sentido ofendidas por la misma) desean en sus vidas
un Christian Grey que las haga feliz, los hombres que han emprendido su lectura
(muchos como un reto, otros tantos por curiosidad y algunos por el deseo de
descubrir cómo satisfacer a sus esposas) no acabaron nada maravillados.
De hecho, se sorprenden al descubrir que las escenas que más tediosas les
resultaron fueron las de sexo, que, según describen, son tan repetitivas como
el resto:
¿Y qué? Pues que me
pasó lo que nunca pude imaginar que le pasaría a un hombre hecho y derecho como
yo, cuarentón, calvo, con sus facultades físicas todavía activas: que me
saltaba las escenas de sexo. Sí, allí estaba yo, gritando con desesperación,
basta ya señor Grey, que llevas dos polvos seguidos, sin descanso, ¿a qué el
tercero? ¿Qué falta hace si Anastasia, tú y todos nosotros estamos agotados? Y
así. Era leer que alguien se mordía el labio y empezar a cabalgar con la mirada
por sobre los párrafos hasta que leía que él caía sobre ella y le olía el pelo,
y entonces sabía que todo había acabado y podía seguir leyendo. Vamos, como
darle al visionado rápido en los pasajes no pornográficos de las pelis porno,
pero al revés.
Y en el otro extremo, tenemos a un sector no
poco numeroso que o bien se avergüenza de haberla leído y, por ello, lo oculta,
convirtiéndolo así en su “guilty
pleasure”, o bien se siente, en cierta forma, demasiado… ¿inteligente? como
para leer “semejante bazofia”. Este segundo grupo es el típico que dice cosas
como “ese libro no vale ni para hacer fuego.” “¿pero tú te lo has leído?”
“¡¿Yo?! ¡Pues claro que no!”. Por mi parte, he de decir que creo que la novela,
aun con sus carencias y sus errores, se hizo planteando unos objetivos que,
viendo el número de ventas, están más que superados, motivo suficiente para
prestar un mínimo de respeto y no degradar la trilogía a la categoría de no
merecedora de, siquiera, emplear dos segundos de mi valioso tiempo.
En conclusión: Me atrevería a decir que el
éxito de este best-seller se debe al
renacimiento de un género que atrae a las ya impúdicas e irreprensibles señoras
amas de casa de estos tiempos, las cuales nacieron en una época de cambio pero
aún muy controlada socialmente y quienes, en su mayoría, solo tuvieron acceso a
una educación básica, además de no ser muchas de ellas ávidas lectoras. Por
este motivo, el estilo del que tanta queja hay se hace cómodo y atractivo para
este público que, además, está poco acostumbrado al género erótico, por lo que
es fácil abrumarlas y cumplir sus expectativas, aunque el contenido sexual de
la novela no sea, en realidad, nada de otro mundo. Prueba de ello son los
testimonios de adolescentes que han leído la trilogía y han encontrado su
contenido escaso y bastante light.
También tenemos a los personajes principales: Christian Grey, aparte de ser
controlador y prepotente y estar lleno de ira —cositas sin importancia—, es
multimillonario, tiene un físico envidiable y en la cama es todo un as, lo cual
es más que suficiente para que toda ama de casa sueñe con hacerse(lo) con uno;
Anastasia Steele, por su parte, es una chica sencilla que siempre ha pasado
desapercibida —si no fuera por el hecho de que su amigo José está enamorado de ella,
su jefe le tira los tejos, es el centro de atención allí por donde pasa y hace
que Christian Grey arda de celos—, en fin, una más del montón, lo que puede
hacer al lector —lectora, en este caso— sentirse identificado con ella y tener
la esperanza de que algún multimillonario apolíneo se cruce con ella al comprar
el pan, se quede prendado, la rapte y le dé un poco de vidilla a su rutina.
Fuera como fuere, Cincuenta sombras de
Grey ha dado mucho que hablar, y aún le queda mucho recorrido, teniendo en
cuenta que el 13 de febrero de 2015 se estrenará la película basada en la primera de las entregas de la trilogía y ya se augura un rotundo
éxito.
Os invito a compartir impresiones, aun a sabiendas de que este blog no lo visita ni el Tato y de que, si alguno tuviese el despiste de acabar en este recóndito lugar, no va a tener el descaro ni las ganas de hacer debate o dejar su opinión. Pero yo lo suelto y si cuela, cuela.
viernes, 3 de octubre de 2014
¿Qué has hecho con mi pena? ¿De qué me duelo yo ahora?
Al igual que el imperativo es el verbo más verbo de todos los verbos, el dolor es el sentimiento más sentido de todos. Y nos encanta. Sarna con gusto no pica. Si pasamos por un mal trance, nos quejamos; y cuando remontamos, recordamos lo bajo que caímos. Y es que el dolor nunca viene solo. Dolor a secas es un zosqui sin venir a cuento. Pero hasta eso esconde algo detrás. Si nos chocamos contra una farola, pensando en el significado más superficial del dolor, no solo nos acordamos del chichón, sino también de la vergüenza del topetazo por mirar la mierda del whats app. Si lloramos por un desamor, no es un llanto como el de un niño pequeño al que se le cae el mantacao' al suelo, no. Ese llanto va repleto de buenos momentos que, por perdidos, duelen mil veces más que una mala pasada. Y, sobre todo, el dolor nos hace sentirnos vivos. O sentirnos, simplemente. Porque estoy completamente segura de que no sois conscientes en absoluto de que tenéis dos orejas. Hasta que os entra un dolor de oído. Lo mismo con los dedos de las manos, hasta que os cortáis con un papel, que no hay corte que más coraje dé que ese. Todo duele hasta que se olvida. Quiero decir: no somos siquiera conscientes de que el dolor ha desaparecido. Tienes hipo hasta que no, y no tienes ni idea de cuál fue el último ni te importa; simplemente ya no lo tienes y te supone un gran alivio cuando te das cuenta, que puede ser a la hora o puede no darse nunca. Y si os preguntara ahora mismo si sois felices, más de uno respondería sin dudarlo que sí, que por supuesto, pero pocos son los mortales que vuelven de clase o del trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, cuando algún mal nos pesa en el alma no hay quien nos saque una sonrisa sincera.
Y es que si hoy en día no hay nada de lo que te duelas es porque no hay nada que realmente te haya tocado los centros, para bien o para mal. Lo que se traduce en ausencia, vacío, nada. La vida no se vive solo para contarlo por Facebook, pero casi. Me explico: un cruce de miradas puede durar un único segundo. Pasó y pasó. Y te puedes valer de ese único segundo durante toda una vida. De hecho, más de una vida puede nacer de ese pequeñísimo lapso de tiempo. Una vida, una historia. Yo solo quiero llegar a vieja y contar batallitas a mis bisnietos, porque eso significará que he vivido cosas dignas de contar. Y si a mis ciento veinte años me duelo de lo sucedido a mis veinte años, será porque fue algo realmente grande, bien grande por engrandecerme, bien grande por aplastarme vilmente. Y eso significaría que es parte de mí y que soy quien soy por lo que gocé, sufrí y decidí en la vida.
Unos dicen: "tus insultos me hacen más fuerte". A mí no me han hecho más fuerte, ni mucho menos, pero sí más prudente y más selectiva con mis palabras, porque sé bien el daño que pueden causar.
Unos dicen: "me partiste el corazón, mala pécora". Yo he sufrido, como la mayoría de los mortales. Pero también tengo claro que si grande fue el sufrimiento, grande fue la compensación (y no hablo de las famosas reconciliaciones; digamos, simplemente, que me valía la pena). Sé que el "no hay mal que por bien no venga" es consuelo de tontos, pero a veces es cierto, aunque en realidad tampoco me refería a eso.
Por otro lado, siempre he pensado que el cielo está bonito con un puñado de nubes, pero cuando está cubierto por completo, te chupa la energía y te contagia esa pesadumbre gris. Dolerte de algo no está mal siempre y cuando se cumplan dos condiciones: la primera es que si te dueles del pasado, debes aprender a mantenerte en el presente (echar la vista atrás es bueno a veces, uuh, pero hasta ahí, hay que seguir adelante); la segunda es que el dolor te deje respirar; si no es así, huye. En estos casos estaríamos hablando de depresión aguda y para ello no hay consejo alguno, porque la mayoría de las veces el mismo que lo padece no sabe qué puñetas le pasa. A estos les puedo decir: el mundo está en continuo movimiento y la vida trae consigo cambios, quieras o no, para bien o para mal. Si te sientes tan pequeño que estás por debajo de la superficie, piensa que cualquier cambio es a mejor y que pronto, sin darte demasiada cuenta, comenzarás a aflorar, saldrás de ese agujero y, por fin, respirarás profundo. La mente necesitará distraerse con otras cosas y le será odiosamente difícil porque, como dije antes, nos encanta dolernos de todo, y si algo va mal, no dejamos de darle vueltas al tema, aunque sea esforzándonos en olvidarlo, haciendo, de ese modo, hincapié en su recuerdo. Encontré una imagen que refleja muy bien lo que digo.
Mi teoría es que, posiblemente, el motivo sea que nos encontramos vacíos. Solo (y digo 'solo' como si fuera jodidamente fácil) hay que encontrar eso que pueda llenarte por dentro, que se traduce en otra cosa en la que focalizar nuestra atención que no sea en el dolor interno. Y normalmente ese algo tiene nombre y apellidos (aceptémoslo, somos seres incompletos predeterminados a suplir esas carencias con otro ser, es una cuestión socio-hormonal). Llenarte de alguien es, al fin y al cabo, llenarte de ti mismo, porque si sientes que la persona en cuestión es especial, esa percepción está hablando de ti, tus gustos e inquietudes. Y llenarte de ti, de otro, de quien sea, lleva consigo llenarse los pulmones, de aire, de humo, de esperanza, de futuro, y, al fin, respirar.
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